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Edición semanal

La Revolución de los Borrachos

SEMANA XVII – AÑO MMIX
Napoleón bebiendo Château Léoville Barton 2007

De pronto, algunas veces entiendes la causa que ha originado los acontecimientos históricos miles de años después de que sucedan. A mí me ocurrió eso el pasado fin de semana en París. Entonces entendí cuál fue la chispa que encendió la Revolución Francesa, qué impulsó a los parisinos a derrumbar el poder establecido. No fue la desigualdad social, tampoco fueron las ansias de reconocimiento de la burguesía, menos aún la desastrosa gestión económica del absolutismo tontorrón de un rey pusilánime, ni siquiera fueron las ideas incendiarias de Voltaire, Rosseau, Montesquieu y Burke y compañía. No fue nada de eso, que va. Eso fue la pólvora, pero no fue lo que encendió la mecha. Ni hablar.

La causa verdadera fue el vino. Lo entendí el otro día en un bar de Le Marais. Nos sentamos en una terraza con un amigo, uno al lado de otro. Nos sirvieron un vino Château Léoville Barton del 2007, del sur de Francia, concretamente de Saint Julien, Medoc, Bordeaux. En silencio, observamos a la gente pasar delante nuestro. Y bebimos, y bebimos. Nos emborrachamos hasta la médula. Y empezamos a hablar de la vida, de mujeres, de fútbol, de trabajo, de política. El hilo de la conversación nos llevó hasta un hecho: Lo felices que éramos en ese momento. No teníamos más que una botella de vino, una copa y una interesante charla, y estábamos más contentos que un ocho. Y no necesitábamos más que eso.

Pues ahí es donde quiero llegar. Que el largo hilillo de pólvora ya está preparada ; ahora si todos bebemos más vino, la revolución saltará por los aires. Porque el que me diga que hoy una revolución no es una necesidad vital, o es que es rico, o es que ha bebido demasiado vino, sí, pero del malo. Por cierto, igual esa es una buena forma de distinguir el buen vino del malo: si te entran ganas de revolucionar el mundo, chapeau, es que el vino es bueno. Y el Château Léoville Barton es una buena opción. Lo prometo.

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