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Edición semanal

Confesiones de un Carnívoro Desvergonzado

SEMANA XXIII – AÑO MMIX
Confesiones de un Carnívoro Desvergonzado

Lo confieso: Soy feliz comiendo carne cruda. La deseo, la necesito, la quiero. Pues bien: ahora resulta que es malo. Comer carne es malo. Lo llevamos haciendo desde el origen de nuestra existencia y ahora algunos aseguran que es malo. Me lo dijo un vegetariano. Es una cuestión filosófica, afirmó. Los animales tienen alma y por lo tanto sufren. Si te los comes, eres cómplice de un asesinato cruel sobre un ser vivo inocente. Tal cual. Le pregunté entonces qué pasaba con la lechuga, el tomate o las alubias, ¿es que no sufren también, es que no tienen derechos vegetales?

Talar un árbol por ejemplo. No he visto acción más despiadada. Y casi nadie dice nada. O cuando se arranca una patata de la tierra: Zas. Pero como el tubérculo en cuestión no chilla indignado ni pone cara de dolor, pues aquí todo dios a comer patatas fritas con ketchup sin el más mínimo escrúpulo. Es curioso como trabaja la conciencia humana: a veces da la impresión de que solo utiliza la razón, y no el alma para sacar conclusiones. Supongo que por eso mismo, ya hace tiempo, tomé una decisión: anteponer mi felicidad a mi dubitativa conciencia ; o lo que es lo mismo: como carne, patatas y lechuga sin pensar en las consecuencias. De hecho: cuando el mosquito de la malaria te chupa la sangre y aniquila a una población entera no se anda con interioridades, simplemente hace lo que le pide el cuerpo, ¿no?

Así que si te gusta la carne, si eres una persona bondadosa con su propio estómago, tengo un gran e inimitable amigo que ha montado en Barcelona la mejor hamburguesería del mundo. Su nombre, La Burg. Si no fuera mi amigo, diría que es la mejor hamburguesería que he probado en mi vida. Y ya son muchas…

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