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Edición semanal

Putopías

SEMANA XXVI – AÑO MMIX
La Putopía del trabajo

Las Putopías son deseos que, con toda seguridad, no se van a cumplir nunca. Jamás. Y uno lo sabe, pero se autoengaña, y le gusta autoengañarse. A diferencia de las utopías, las putopías son factibles, se pueden llevar a cabo inmediatamente. Incluso son deseos necesarios. De hecho si se convirtieran en un hecho el mundo sería más agradable. Sin embargo, existe algo que las atrapa, las inutiliza y las hace imposibles.

El fin del trabajo es una putopía. Claramente. Recuerdo que, cuando tenía 14 años, ya se decía que en un futuro próximo el hombre dejaría de trabajar. Las máquinas le sustituirían. Para algo se habían inventado, esgrimían los intelectuales. Ya no sólo servirían para tostar el pan, lavar unas braguitas o conducir por la autopista. Cada vez serían más y más sofisticadas y serían capaces de ir a la oficina en nuestro lugar, realizar nuestras tareas y volver a casa con un sueldo. Pero lo único que han conseguido las máquinas actualmente es darnos más trabajo. Lo dicho: una putopía.

Yo propongo otra putopía. Los que quieran trabajar a un lado, los que quieran hacer el vago, al otro. Porque existe una contradicción en este sistema: conozco a mucha gente que trabaja y no quiere, y al contrario: personas que no tiene y no obstante matarían por un trabajo digno. A nadie se le escapa que una economía como la nuestra se sustenta en el consumo. Por lo tanto, los vagos que se conviertan en profesionales: que se dediquen a consumir a jornada completa. Lo explica muy bien Paul Lafargue, el yerno de Marx, en un ensayo que se titula El derecho a la pereza. Yo me comprometo a irme de vacaciones todo el año, como un buen profesional del ocio, y así sacar de la crisis al sector del turismo, que falte le hace.

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