De qué están hechas las palabras
SEMANA XXV – AÑO MMIX
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Si observas con atención cualquier palabra, verás mucho más que su significado. Pero hay que fijarse bien. En su cuerpo, en cómo suena, en su entorno, en su intención. Pruébalo. Y es que las palabras tienen vida propia. Laten, tienen emociones, se alegran y entristecen continuamente, protestan. Pero insisto: hay que mirarlas con mucha atención para descubrirlo. Por ejemplo, hay palabras que se deprimen cuando las pones en un lugar que no les corresponde. Pierden su sentido, se vuelven grises e insustanciales, se sienten incómodas, poco valoradas, incluso mal tratadas. Y así, al final se quedan sin aire para morir en el abismo blanco. Por ese precioso motivo, hay que aprender a comérselas enteritas, sin dejar ni una miga. Es sencillo: las agarras sin miedo y te las tragas a través de tus ojos y oídos. Eso sí, es muy importante que se te metan en la sangre, tienes que notarlas correr hasta que alcancen el estómago. El objetivo es que depositen toda su energía en tu cuerpo. Es vital. Porque sólo entonces, cuando sean tuyas, sabrás utilizarlas. Porque las palabras sólo son palabras en la medida que son tuyas, que salen de ti. Si no, son ejercitos de hormigas despistadas sin saber a dónde ir. Digo todo esto porque acabo de leer al gran Sherwood Anderson. Concretamente su novela Winesburg, Ohio. A él nadie le enseñó a escribir; era hijo de una familia de humildes granjeros y solo pudo asistir a la escuela hasta los 14 años. Sin embargo, él cuenta que durante su infancia, al anochecer, su padre le narraba historias fantásticas. Con toda seguridad él, obedientemente, se comía todos y cada uno de los relatos: los agarraba en el aire, y para dentro, glup. No se dejaba ni una palabra. Le fascinaban. Y por esa misteriosa razón su novela está hecha con una delicadeza tan extrema, y, al leerla, notas como las palabras laten continuamente, despiertas, vivas, inmortales. |

