El Síndrome de la Caperucita Roja
SEMANA XLII – AÑO MMIX
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El mundo es tan contradictorio que a veces la imbecilidad parece sensata. Siempre que pueden, los adultos protegen a los niños de los peligros que acechan en cada esquina. Como dice el anuncio, esto no se toca, eso no se mira…Se procura que su inocencia no se vea manchada por la turbia realidad. Si un desconocido te ofrece una piruleta, huye, aconsejan los padres, o si sale un pene o una vulva en televisión, apágala inmediatamente -la televisión, claro. Los peques han de crecer con la mente limpia e inmaculada como una porcelana de Yadró. Pero luego ves cosas raras. El otro día fui testigo de un hecho que no sabría cómo definir. Una madre se sentó en la cama de su tierna hijita y le relató con todo tipo de detalles el cuento de Caperucita Roja. Lo hizo con una vez melosa, acariciando los mofletes de la niña con delicadeza. Le contó como una madre deja a una niña pasear por un bosque lleno de lobos feroces, cómo la niña pone en peligro a su abuelita dándole al lobo los datos de su casa, y cómo de esa manera el Lobo engulle a la abuela enferma y, más tarde, a la niña, para acabar con un cazador rajando las tripas del lobo y extrayendo los cuerpos de la anciana y su nieta. No es broma. Todo eso la madre se lo contó a su hijita para que se durmiera. Si esa niña crece mentalmente sana, será un milagro, pero si sale normalita, no creo que jamás se le ocurra meterse en un bosque, y tengo dudas de si se atreverá a internarse en un parque urbano. En resumen: feliz Navidad, y un consejo: para los niños, unas buenas tiras de Mafalda y nada de cuentecitos traumáticos que los conviertan en futuros perturbados. Que luego ya se sabe: salen adultos que no creen en el cambio climático o que piensan que los coches son algo más que un maldito transporte. |

