Recomendaciones para luchar contra el aburrimiento
Edición semanal

Intercambio de parejas

SEMANA II – AÑO MMIX
 

El jueves entramos en un local de intercambio de parejas. Mi amiga Lola y yo. Puedes ir solo, pero entonces no te dejan pasar de la primera sala, que está separada del resto por una cortina llena de agujeros. Esos agujeros –obviamente- son la única conexión que hay con las tripas del local. Metes el miembro y, de pronto, notas unas delicadas caricias en la punta del aparato, como si una bandada de colibríes anónimos hubiera decidido comerse un helado lo más despacio posible.

Pasamos al interior, en albornoz. Estaba llena de oscuridad y no se veían más que sombras parlantes, de todos los tamaños, edades y olores. Se tocaban, susurraban, se besaban, reían. De repente de acariciaban las manos. Lola estaba un poco asustada, así que aligeramos el paso, entre manoseos. Subimos por unas escaleras, por un pasillo largo y enrojecido, desembocamos en una especie de discoteca. Más cuchicheos. Seguimos el pasillo. Zona de duchas. Baños de vapor. Vimos un amasijo de cuerpos desnudos, unos 30 o más, amontonados en una especie de sauna turca, parecían incómodos, como rotos a piezas, sumergidos en una cama de carne. Gemían en diferentes tonos, algunos gritaban. No hablaban nada. Lamían a diestro y siniestro, allí donde la lengua y las babas les alcanzaban. Muchos observaban, luego se unían, otros se retiraban. A mí las gafas se me entelaron…

Y cuando me quise dar cuenta, Lola ya no estaba conmigo… pero tenía al lado a una señora sexagenaria diciéndome: solo mirarte se me humedece el higo.

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