SEMANA XLX – AÑO MMX

|
Me he pasado toda la vida viviendo en Barcelona y nunca me he sentido catalán. Jamás. Y para ser sincero, hay muchas cosas que me han hecho sentir incómodo en Catalunya, desúbicado, desnacionalizado, desarraigado. Y es que yo entiendo el sentimiento nacionalista como el amor. Uno lo siente o no lo siente. No se trata de entenderlo. Si lo haces, tu cordura peligra. Es demasiado complejo. Un día cualquiera ves a una tía y algo imperceptible se te mete en el cuerpo. No la conoces, y no es especialmente agraciada, incluso puede que sea
imbécil perdida, pero no puedes hacer nada porque ese algo se te ha metido en el mismísimo fondo de las entrañas y no hay forma de
impedirlo. Tal vez sea una necesidad, qué sé yo. Pero es implacable. Es más, si decides luchar, ese sentimiento se vuelve más feroz y se fortalece todavía más. Si no lo aceptas, te puede destruir. Sólo te queda rendirte y dejarte dominar por él. Y entonces te dejas llevar. Y te casas. Pero llega un momento en que ya no sabes cómo hacer marcha atrás. Y lo peor: igual es que ya no te interesa.
Pues bien, lo mismo ocurre con el nacionalismo. Creo que la gente se rinde. En serio. Tienen miedo a no ser queridos, aceptados, incluso
ser fulminantemente rechazados. Se convierten, y luego ya no saben porque son lo que son. Es un fenómeno psicológico ampliamente
estudiado que tiene que ver con el instinto de pertenencia. Y dentro de lo que cabe, de acuerdo, lo puedo entender. La libertad tiene esas
cosas: puedes elegir si quieres ser libre o no. Allá cada uno. Pero, por favor, existen cosas inadmisibles: Carod Rovira, la ley de la
rotulación, el instrumento ese que suena como una rata a la que le pisan el rabo (¿La gralla?), o algunas de las pinturas más reconocidas de Tapies. Eso no, por dios.
Sin embargo, este fin de semana lo he comprendido todo. He visto la luz. Me he sentido catalán hasta la médula. Soy catalán. ¡Visca
Catalunya y lo que haga falta! Ahora soy capaz de bailar la sardana con Carod al son de la Gralla mientras veo cuadros de Tapies. Lo digo sin ningún tipo de ironía. Si alguien no me cree, que se acerque al Restaurante Can Giró – en el pueblecito de Campins, en la carretera de Santa Fé – y se siente en una de sus mesas y pida directamente, sin más preámbulos, la crema catalana. Si no sale de allí cantando “Els
Segadors” es que no tiene sentimientos, ni es humano, ni nada de nada. |