De un Jamonista Ultraortodoxo
SEMANA XXXIV – AÑO MMIX
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Hace un par de semanas, regresé de Extremadura. Hemos recorrido el antiguo camino de la Vía de la Plata, que va desde Sevilla a Santiago de Compostela. Muchos años atrás, era un camino de comercio fundado por los romanos, pero también lo aprovechaban los cristianos para peregrinar hasta Santiago. Se traspasa un paisaje árido, desolado en su mayor parte, inhóspito, algo cruel. Muy duro en definitiva. Una penitencia. Sin embargo es entrañable. Siempre he asociado los paisajes con las personas: cuanto más ásperos y despectivos son, más sensaciones te aportan al observarlos, al conocerlos, al hacerlos tuyos. La causa es evidente: sin darte cuenta, te estás mirando detrás de los ojos, en esa misteriosa caja de la verdad que guardas en alguna parte de tu cabeza. El Jamón en Extremadura es como uno de esos paisajes sórdidos. No es especialmente agraciado, no tiene un color bonito, ni tampoco resulta entretenido de mirarlo. Es monótono. En apariencia es un insignificante pedazo de carne. Pero cuando te lo metes en la boca, lo engulles y dejas que se incorpore en tu organismo, la cosa cambia. Ya nunca serás el mismo, lo juro. Te convierte en un ser endiabladamente bueno. Te entran deseos incontrolables de hacer el bien, de ayudar a ancianas a cruzar el semáforo – aunque no precisen de tu ayuda – o de abrazar a la gente sin motivo aparente, porque te sale de dentro, de no sé donde, y te pones de un altruista que no veas. El que no me crea que lo pruebe. Con perdón, que se deje de hostias y se pase al jamón ibérico de bellota patanegra, denominación de origen Dehesa de Extremadura. No hay más que viajar a Extremadura, observar su riquísimo paisaje y comer tanto Jamón como sea posible. Cuantos más jamonistas seamos, mejor irá el mundo. (Y los que piensen que al cerdo no le irá bien, que se fijen bien en las inmensas dehesas y se replantearán seguro si en la próxima vida no será mejor ser un marrano extremeño). |

