Recomendaciones para luchar contra el aburrimiento
Edición semanal

Cagarla

SEMANA XLVIII – AÑO MMX

Cuando era pequeño y apoyaba mis cándidas nalgas en los flotadores del váter, deseaba ser un dictador. Estaba siempre solo, en la oscuridad. Era tal vez en único momento en el que no tenía que dar explicaciones para encerrarme en una habitación. Llamaban a la puerta, yo decía que estaba ocupado, y me respetaban. Pasaba mucho tiempo en el lavabo. Y muchas veces (lo confieso) sin tener ninguna ocupación. Bueno, pensaba en cómo gobernaría el país, o a mi familia, o a mi perro, o a mis amigos, o a lo que fuera. Necesitaba controlarlo todo. Daba gusto poder ser un caprichoso y que nadie te lo reprochara. Y así, me pasaba horas y horas. Finalmente, cagaba, y muy a gusto.

El otro día fui a ver Invictus, la película de Clint Eastwood. Habla de Mandela, del presidente sudafricano. La película es prescindible, es el problema que tienen las biografías, que ya sabes lo que va a pasar, y entonces pierde emoción, y la emoción es la sal en el cine. Pues bien, Mandela se tiró casi 30 años en la cárcel. Lo metieron ahí porque pensaba que todos somos iguales y, en consecuencia, todos tenemos el mismo derecho a decidir quién nos tiene que controlar. Cuando salió, y consiguió su objetivo -que todos votaran por igual-, no cargó contra los mismos que le metieron entre rejas en la cárcel, que va, sino que decidió que era necesario aprender a convivir con ellos. Si Mandela hubiera nacido en la época de los romanos, sería Jesucristo.

La cuestión es que al día siguiente, después de ver la película, me senté en el váter. Pensé en Mandela, encajonado en una jaula, leyendo o escribiendo o pensando. Deje que la mierda cayera en el fondo del váter, tiré de la cadena y ni siquiera se me ocurrió pensar dónde habrá ido a parar esa mierda tan mía. Y me sentí aliviado, ligero, limpio por dentro.

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