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Edición semanal

La Grave Enfermedad de Mamá

SEMANA XLXIV – AÑO MMX

Para el que no lo sepa, vivo en un ático con mi madre. En Gracia, en Barcelona. Mi madre tiene una enfermedad crónica y no lo sabe. Es católica, en realidad demasiado católica. Tiene una fe a prueba de bomba. Es incurable. Hace tiempo que se lo digo, pero ella insiste en que el enfermo soy yo. Hace un año la llevé al psicólogo. Pensé que probablemente un profesional y un tratamiento adecuado la convencería que no iba bien encaminada. El psicólogo me dijo que, en efecto, que mi madre estaba mal, pero que yo estaba todavía peor. Me echó en cara que la arrastrara hasta su consulta únicamente porque la pobre mujer creía en la iglesia, en la doctrina católica y tuviera fe en que dios existe. No le respondí. Le pague los 150€ que costaba la sesión, le dije que era un ignorante con patas y me fui.

No entiendo todavía como nadie ha prestado atención a esta epidemia que tanto ha dañado a la humanidad. Un ejemplo: resulta que si alguien sufre adicción al sexo, dicen que debe ir al psicólogo. Vale. Puede ser. Sin embargo, si no folla nada, resulta que es una persona normal, mentalmente sana, perfectamente preparada para el mundo actual. Pues no, ni hablar. Porque insisto: mi madre está enferma. Desde que murió mi padre hace 30 años tiene unos hábitos muy poco saludables: no se acuesta con nadie, viste prendas siempre negras u oscuras, va a misa cada día y cada vez que ve a un par de jóvenes comiéndose los morros, los separa, llama a los mossos de escuadra y los denuncia. No hay forma de cambiarla. Es así. Tiene la fe metida en el cuerpo desde que era una niña.

Ahora bien, pese a su enfermedad, mi madre tiene cosas buenísimas. Una de ellas es su pasión por las marcas. Trata a las empresas y a sus productos como si fueran personas. La verdad es que no tiene prejuicios. Pero si alguien le cae mal, ya se pueden olvidar de ella. No vuelve. Lo único que le pide a la gente es que sea limpia, educada y sincera. Nada más. Pues lo mismo con las marcas. Si mienten, por ejemplo, les pierde el respeto para siempre. El otro día trajo a casa un lomo de salmón congelado de La Sirena, un sobre de soja y wasabi. Lo descongeló, lo secó cubriéndolo con papel de cocina, lo troceó y lo sirvió en un platito cuadrado. Luego nos lo comimos. Y al acabar, me dijo: a veces las cosas están más ricas descongeladas que frescas.

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